-¿Por qué lo has hecho?
El niño tardaba en contestar, aunque no parecía que por dudar o porque necesitase tiempo para elaborar la respuesta. Su expresión era vacía, inexpresiva. Como de andar sumido en un trance, o ser víctima de un shock.
-Antes de contárselo querría saber con quién estoy hablando.
Los dos guardias civiles se miraron. Eran las primeras palabras que decía, y no sonaban a preadolescente abrumado por haber cometido un crimen espantoso. Más parecían las de un adulto seguro de sí mismo y conocedor de sus derechos.
-Aquí las preguntas las hacemos nosotros.
Había contestado el guardia civil macho. La hembra, en imperceptible gesto de disgusto, le lanzó una mirada fría.
-Ustedes verán. Si no me dicen quiénes son yo tampoco diré nada.
-Vale. Yo soy la teniente González. Él es el sargento Contreras. ¿Conforme?
-Usted es la psicólogo, supongo.
-¿Por qué lo dices? -tono de sorpresa; el niño no se comportaba con acuerdo a lo que cabría esperar de un adolescente al que se le hubiera ido la olla; su tono frío y su gesto impasible más hacían pensar en un flemático explorador Stanley que saludase a un distraído profesor Livingstone tras encontrárselo en un puticlub de la selva.
-Porque al revés sería imposible.
El sargento frunció el ceño, irritado. Tenía cuarenta y cuatro años, los veintiséis últimos en La Empresa, se las había tenido tiesas con toda clase de homicidas y de ningún modo pensaba consentir que aquel criajo se le cachondeara en su cara, pero un vistazo a la derecha le hizo frenar en seco. La puñetera tenienta se había cruzado de brazos, y con el dedo índice de la mano derecha, terminado en una uña bien cuidada, señalaba sus dos estrellas de seis puntas. Indicaba con displicencia que, aún siendo él Suboficial Jefe Accidental de la Comandancia de Las Rozas y por tanto comandante de aquel puesto, la que mandaba era ella.
-¿Y por qué sería imposible?
-Porque ser psicólogo implica poseer no sólo estudios superiores, sino sensibilidad y empatía. Nada de todo eso es compatible con aquí las preguntas las hacemos nosotros. No crea que le censuro, sargento ‑se había vuelto al ceñudo suboficial-; ya imagino que para el trato cotidiano con chorizos y macarras las cosas deben hacerse así. Sólo pretendía cerciorarme de que ustedes, o al menos uno de ustedes, son capaces de comprender. Más que nada, para no tener que repetir la historia una y otra vez. Es muy aburrida, ¿saben? Y nada corta.
-Pues si no es corta mejor que vayas empezando.
El sargento, de nuevo. No quería ceder el control del interrogatorio. No a esa escoba desteñida enviada por la Dirección General. La detención era suya, el delincuente también, y si alguien se hubiera molestado en preguntarle habría contestado, con el debido respeto, que no necesitaba una oficial psicólogo para nada. También era verdad, se decía en un vaivén de su ruda mente militar, que con la escandalera que se había formado era razonable que se personara El Mando. No todos los días un estudiante de segundo de la ESO se carga cuatro compañeros de curso de otras tantas cuchilladas. Ésa era otra, la puntería del cabrito. Cepillarse un semejante con arma blanca es cosa de tres o cuatro golpes, por lo menos, y rara vez la víctima casca en el acto, pero aquel ser de gesto abesugado, como de congrio a medio descongelar, los había liquidado a la primera. Vamos, que ni el José Tomás en una buena tarde.
-Querría pedir una cosa.
El sargento estaba por abrir su boca y poner orden, pero un nuevo gesto digital a su derecha le llevó a cuadrarse mentalmente.
-¿Es algo que tú piensas podemos hacer?
-Seguro que sí. Llegué aquí con lo puesto, como sin duda saben. Lo encuentro normal y no me quejo, pero el caso es que ayer, antes de pasar a mayores, dejé guardada en mi taquilla del instituto una bolsa con libros y cuadernos, además de alguna ropa. Entiendo que deberán comprobar lo que contiene, pero como supongo ya estamos en un proceso... digamos rutinario, no les costará ningún trabajo hacérmela llegar. Así podré seguir estudiando. Es que no quiero perder el curso. En todo menos en gimnasia llevo una media de sobresaliente, y aunque tengo claro que allí, en el colegio, no me voy a examinar, supongo que podré hacerlo por libre, ya me dirá el juez cómo. Por la reinserción, ya saben.
-Parece que te has preocupado de saber qué pasará después.
-Cierto, así es. De hecho, si no lo hubiera visto claro no lo habría hecho. De ningún modo he pretendido tirar mi vida por la borda, sargento.
El suboficial reflexionaba. Tenía gran práctica en el trato con homicidas fríos, en especial los del género ETA en sus no añorados tiempos de Inchaurrondo, pero aquel, a sus trece años, parecía el más helado de los que había conocido. El más sin sentimientos, y eso sin tener en cuenta que no era un terrorista, ni un fanático religioso. Ni siquiera un adulto. Sólo un crío que se carga cuatro de su edad a sangre fría, sin aparente motivo. En su vida se había visto con otro igual.
La teniente también reflexionaba. Pretendía determinar si aquello era una pose, una máscara que tarde o temprano caería por los suelos para dar paso al llanto, al pavor de un niño de trece años pillado en una gordísima. Pues igual era que no. Cuando menos, no hablaba como los cabestros de trece años al uso, especie que conocía bien, a fondo ‑dolorosas servidumbres de las familias numerosas-; lo hacía como un hombre maduro, reflexivo y de ideas muy claras. Un caso por demás interesante, según había intuido. De ahí que se lanzara sobre su comandante para pedirle, si no exigirle, que la hiciera participar en los interrogatorios.
-No le veo mayor problema. Sargento, ¿se ocupa usted?
-A sus órdenes.
El suboficial se levantó, fastidiado pero disciplinado. Volvió a los dos minutos. Un tiempo en que ni la teniente ni el convicto dijeron palabra. La oficial pendiente del prisionero, y éste de las musarañas.
-Si la juez lo autoriza, la tendrás contigo esta misma tarde.
El niño asintió, distraído. Se había quitado las gafas, de lentes muy gruesas y bastante sucias. No para limpiarlas. Sin duda le pesaban, porque habían dejado una marca enrojecida en el puente de su nariz. Sin ellas parecía todavía más feo. Bajito, rechoncho, culón, granulento, halitósico y despeinado, era un niño de trece años por demás repelente, si no repugnante. Quizá de ahí viniera todo, se decía la especulativa teniente. Al menos, en su origen primigenio.
-Nosotros hemos cumplido. Es tu turno, Jesús.
© Anna Wohlgeschaffen